Said Orlando: La Chica HOOTERS (Una novela en proceso)

4 Oct

Aprender a escribir

“Tal vez la despedida de aquella mujer que dejaba recuerdos nuevos y algunos pormenores interesantes cuando parecía disparar hacia el falo una potente marea interior, mojando el vástago mientras entraba, haciendo el vaiven, tu sabes, fácil, resbaladizo, vamos, divertido. Había probado desde el inicio los dedos golpeando adentro, frenéticamente, activando  la humedad y luego, te dije, la marea. Había estado un poco sorprendida porque dejabas la conversación para más tarde, porque la desnudabas flagrante, ¿de una vez?, preguntaba cuando  iban entrando tus manos entre las líneas convergentes de sus nalgas.  Hace mucho que no te veo, habías dicho como diciendo que la conversación ya la habías administrado. (Lo cual es cierto porque habían desayunado esa temprana mañana un pinto con huevo y algo de café con leche, que era el acuerdo tácito, un acuerdo que no había requerido de acuerdo previo. Lo consolidado durante semanas mientras reaparecia en un canal de una red virtual pidiendote que la aceptaras como amiga aunque ya era tu amiga, la de la feria, la de una ya antigua noche en que sobre tí te dijo te amo sólo porque le pediste que lo hiciera”

Said Orlando

La chica Hooter

No le preguntas a una Chica Hooters si hay algo de silicona debajo de esas formidables copas que emergen poderosas hacia tu deseo. Aún si la tienes abrazada en una esquina oscura de la ciudad y que la Chica Hooters haya solicitado ese tipo de envoltura fraterna con una expresión simple como tengo frio.Aún mientras hablaba desde tu celular con una amiga. Sí: Amas este tipo de circunstancias cuando una variable insospechada tiene la vaga capacidad de convocar pensamientos acerca de que manejas las cosas, la ilusión del control, el don de hacer. Y la amaría a ella si las decisiones de la vida involucraran algo más que un encuentro circunstancial.  Entonces no importa si las  circunstancias son las estructuras de la vida per sé o porque Ortega y Gasett lo declaró con mejores palabras que las tuyas. Ni siquiera eres un escritor. Eres – acabo de hallar mi tema: LA CIRCUNSTANCIA – una circuntancia.

Una circunstancia te había compelido a preguntarle acerca de su afinidad por otras mujeres. Su afirmación simple te había agradado tanto como ella.Su afirmación también te había devuelto una pequeña zozobra pues en una banca de un parque con cientos de palomas otra muchacha te había declarado una terminante declinación mientras decía no puedo hacerlo con vos, no podría estar en una cama con otra persona que no sea ella y habías comprendido finalmente que había estado manipulando las cosas a su favor cuando decía quererte al final de agonizante conversaciones celulares o cuando quedaban en encontrarse infructuosamente. Todavía peor cuando unos vastos dias antes había estado sobre una estrecha cama de un hotel por hora y se había mostrado desdeñosa con una carcajada mientras espetaba resuelta que ¿por haber venido hasta aquí creiste me iba a acostar con vos? Y luego, en la conversación sucedanea te había dicho con contundencia que podía terminar enamorándose de ti y que entonces tendrías que ver que hacer con esa liebre saltando al vacio. Te habías reido ante el asombro de ella para hacerle ver que sabías cómo suelen ser la cosas y como a estas alturas de la programación dificilmente cabía un fragmento de código tan complejo. Te reiste también para devolverle el favor por la risa que ella había dibujado cuando intentaste desnudarla. Esa circunstancia se acercó demasiado cuando la Chica Hooters decía un sí simple mientras pensaba en la amiga que debía llamar.

La circunsatancia es el hombre. ¿De donde diablos los tipos ilustres sacan frases tan hechas?

Fue lo que te trajo a esta esquina de la ciudad. Provenías, es decir, provenían de un antro atravesado por circunstancia – digamos – atravesado en la lluvia impenitente y la azarosa oportunidad de una Chica Hooters. Atravesado y repleto de miradas que piensan, de miradas que juzgan, de miradas que miden, que cuestionan que importunan que procuran para sí su propia oportunidad de esta Chica Hooter. Y tus propias miradas correlativas: ora altaneras, ora displicentes, ora retadoras ora circunstanciales. Y ese tipo que insiste una y otra vez como si le hubieras arrebatado el discurso. Y la mirada de la propia Chica Hooters mirando a otra chica que se esconde en tus espaldas.

Tal vez no fue la lluvia lo que te trajo al antro sino la esperanza de la Chica Hooters en que tal vez le resuelvas su problema, ahora que renunció a Hooters (una circunstancia, digamos, que la puso en tu ámbito). Eso porque has llamado a un amigo muy adinerado que puso en circulación promesas como paseos extraterritoriales y consecuencias soñadas. Lo hiciste, claro, delante de ella para que absorbiera tus expresiones a veces afirmativas, a veces de asombro.

No le habías dicho -no lo ibas a hacer- ni por la lluvia, ni por el taxi, ni por la posibilidad que representa esta Chica Hooters, ni por las esperanzas que ha dejado hace unos minutos en el casting) que el Gran Hermano Internet no había devuelto noticias halagüeñas. La compañía de cine tiene un par de empleados, probablemente el flamante director de cine y su esposa, que reporta ingresos por veinticinco mil dólares mensuales, una cifra inusitadamente baja para un emprendimiento que comenzó según el Gran Hermano, hace cincuenta años.  Lo habías cotejado luego con las direcciones electrónicas basadas en sitios públicos junto con nombres propios. Aún así habías ido tambiém a probar suerte como actor. Pero tu no eres actor, eres sólo una circunstancia. Una circunstancia que te había colocado junto a una chica en las sillas de espera para la fotografía, cuando reparaste en su camisetas con los ojos de buho cuando ella decía que había renunciado a ser una Chica Hooters.  Con ella habías recibido los elogios del director de la película y su asistente con su relativo español. Maravillosa lengua el español en boca de quien la sabe usar, hasta en este tipo que lo articula con cierta gracia y mucho entusiasmo especialmente para ustedes dos que son los únicos que no pudieron hacer la prueba de cámara en inglés como pedía la convocatoria: el inglés. El inglés los puso  a enfrentarse, a cuestionarse, a morirse dentro de un automóvil que un imbécil llorón hace correr con desesperzanza. Lo habías leido sin saber cómo encararlo, como echar mano de las emociones correctas pues no se te aviene esa conducta autodestructiva que describe el guión.

Tu no eres un suicida aunque esa marca en la muñeca parezca ya una institución de tu cuerpo, de tu ser. Todavía los dedos entumecidos… Te ha costado cara esa cortadura. Te ha costado dolor y un sufrimiento moral indescriptible. No te  importan las dudas ajenas. Ni la voz de una efermera con una sinuosa frase de que eso no parece accidente. Ni su mirada inquisitiva sobre las ocho puntadas que diligentemente perfecciona un doctor de turno.

Son esas circunstancias que parecen modelarte de manera definitoria. Que si la personalidad ya es un hecho, la vida nunca cuaja en un solo modelo. Por ejemplo, un modelo perfeccionista: un apartamento recién alquilado y casi instalado. Una vasija de vidrio delgado con pequeños cantos de rio en lugar de incenciario. Una vasija con cantos y ceniza de incienso. Tu procurando la perfección con un poco de agua que se lleve la ceniza. Los chinos, ¡oh, los chinos!, con sus matemáticas primigenias, sus artilugios de una mecánica irrebatible, sus guerreros de terracota y su destilada técnica de porcelana. Los chinos inventaron la porcelana, inventaron la madre del vidrio y por eso del vidrio. Una tradición de miles de años en una vasija transparente. ¿O no? Tal vez los chinos no inventaron el vidrio. Tal vez fueron los fenicios, porque ¿que otra cosa explicaría  que haya querido escapar de tu mano y que al atajarlo, en un acto reflejo, hayas llevado esa circunstancia hasta sus últimas consecuencias, rompiendolo en ti, justo en la línea de suicidio y que hayas visto el surco profundo, la piel desplazada y un rio de sangre apartandose de tu vida, con interrupción del flujo de información entre tu antebrazo y tres de tus dedos. Acaba de terminar la primera hora de luz de este domingo.

Habías comprado la cuasiesfera de vidrio para llenarla de piedrillas y clavarle de vez en vez una varilla de olor como complemento, como hábito de una perfección improbable. Has estado tentando un mundo que apenas te está resultando comprensible, por el esfuerzo de mantenerte incólume, de armar con los pedazos de información que has encontrado una zona descriptible como espacio propio, tus sillas, tu cocina, tu cama, tu enorme óleo frente a la cama con un rostro descompuesto en manchas vibrantes y el casi olvidado ritual de la fellatio cuando se comprende el conjunto.

Pero tu duermes incólume en la cama, incólume y sólo. Realmente estás disfrutándolo porque un hombre es un animal incómodo y solitario hasta que la cultura lo reduce en sus prácticas de aceptación colectiva. Un hombre necesita alguna vez regresar a ese estado más parecido a la realidad aunque sea  en ese instante en que la muerte se intuye, se presupone.

Hay un subterfugio en esto que recordaré mencionarte  antes, porque en este momento estás pensando que tal vez mañana termine de agotarse lo que tenías para comer porque las circunstancias – circumstantia Ortega y Gasset- te propinaron una variación, digamos no-coincidente, un argumento que no habías considerado, como, por ejemplo que tardaras en entregar el informe de medio período y por eso no giraron la plata (y por eso no has podido ir de compras, pero eso  es tan circunstancial como que te hayas pasado de casa unos quince dias después de aquella extraña y amarga discusión de divorcio en la que pretendiste dejar en claro que no te interesaba bien alguno, pues por alguna razón habías llegado a este punto en que no ambicionaste un objeto, nunca en permanecia).  Cuando ella te dijo que todo era de ella, que me tienes harta, entonces te hizo saber que había urdido un plan. Lo había tramado por un año, queinsabe si más.

En respuesta echaste mano del argumento de que tener un novio con carro la ha elevado a una categoría de mujer decidida e independiente. Ella señala con la mirada a tu hijo que aún no duerme aunque es tarde para enmiendas y la razón en simple:  lo has hecho para ponerla en evidencia y para debilitarla. Te asombras lo fácil que después de todo resulta.

Diez dias antes habías aceptado un pequeño ritual que no te involucraba. Algo simple como que el tipo con quien sale tu mujer llegue a desayunar con ella y con tu hija. Te fuiste a partinar no fuera que faltandole el intruso terminara por arrepentirse. Sí, es una manera cínica de ver las cosas, tal vez esa sea su virtud, porque -he aquí el subterfugio- habías decidido, DECIDIDO, que tu hijo no vería nunca a un hombre desvalorizado por una obviedad sistémica: un intruso llegará como héroe por la gracia que le ha conferido las posesiones que lo califican; ¿la calificación?, el exito. Ya sabes, tu perteneces a ese pielago de personajillos que validan la existencia de un uno por ciento de engreidos. Esto tal vez tenga su fundamento sobre el cual se construyó esta literatura pero nunca tus deciciones actuales. Irte a patinar es la consecuencia, digamos, de pertener al gremio de patinadores más jóvenes y, aunque no siempre, eventualmente más hermosos que tu.

Algunas semanas de constancia, de algunas caídas prominentes y unas demostraciones externas te han provisto de cotidianos e inusuales conocidos, entre ellos una joven de perfectas esfericidades que tuvo a bien invitarte a una fiesta inacabable. Había sido un intento de recomponerte porque los años han dejado su impronta y cierta flaccidez residual.

La habías visto moverse sinuosa en la pista y realmente la habías deseado, cosa vaga, en una cama rodando antes de extenderte feliz con la superficie mojada, hundiéndote irremisiblemente en un sueño grávido,  sin sueños.

Pero realmente no viene al caso si no fuera porque  cuando discutías hacerse de casi obscenas banalidades con tu esposa comprendías que la vida te había cobrado una octava y media procurando entender -ni siquiera comprender- lo que hacía, lo cual te había conducido a ese matrimonio vacuo si es que necesitabas una palabra más por redundancia.

Ya le dije, decía el SMS que te había llegado por equivocación aunque sabes exactamente a qué se refiere. Tiene que ver con una breve conversación justo antes de salir a la oficina con los ojos maduros por un llanto rajado que resultó de la conciencia de que ese aventurado mundo, es decir, las ruinas del mundo que había intentado construir contigo, terminaban cayendo ante resueltas palabras de que lo que has esperado por tanto tiempo finalmente… creo que debemos separarnos de una vez… Sí, dices, nadie merece vivir de este modo. Porque realmente no tiene sentido, ni siquiera discreto, que se intenten algunas gratificaciones que terminan dejando un poco más de zozobra y un rastro de odio que has estado viendo llegar. Pero como ocurre en estos casos se trata de lo ineludible si es que ls necesidad es poco más que una caimán dormido en un charco lodoso donde has puesto los pies desnudos: el signo de la inevitabilidad, si es que algo así fuera un hecho. Cuando te reclama por lo pañitos húmedos que se han consumido en una semana y que son exclusivamente para tu hijo -aunque encojas los hombros con una mueca de hastío y dejes en claro que nunca en la vida uso los jueputas paños- recordándote el tipo de reclamos que han ido modelando tu relación con ella en los tres últimos años. Esa es la limitación del matrimonio, la completa ausencia de una tercera fuerza -que en cierto momento es un hijo, por ejemplo- pero que en algún lapsu termina, como empezó, siendo binario: dinero y sexo, en ese orden lo siento, porque aún cuando se viene contundente, claro sin tanto gemido florido que alguna vez desembocara en un grito que podía despertar una piedra, sabes que al final de la tarde del siguiente dia te reclamará tu incapacidad de proveer.

Sin embargo, no está dispuesta a dejarte ir. Una mujer siempre encuentra buenos argumentos, siempre mejores que los tuyos. Nuestro hijo todavia es muy pequeño, esperémomos a que cumpla quince y nos separamos. Es un pésimo argumento claro pero lo has dado por bueno porque sólo querías sacudirla, llamarle la atención sobre el inconveniente de la amargura como estado, como un falso que termina legitimándose al cabo de los dias, de las semanas, de los meses, de los años, de las muertes de las ilusiones, de las promesas, de los intentos vanos.

Le habías dicho la noche anterior me tienes harto y ya está bien para mí: ya es tiempo de irse. Sabias, de hecho, que era algo así si bien cada tiempo tiene, por decir lo menos, su propio tiempo, indivino, coyuntural, vamos, circunstancial. Como la hermosa negra a quinientos pasos de tu casa natal, bajo la noche abrasadora que extrae de tu cuerpo todos sus elixires agrios. Aún así, ella te sostiene la mirada muchas edades por debajo de la tuya y allí en esa ciudad hermosa y opaca bajo ninguna luz en un compacto laurel te descarga un beso muy labial, sin prejuicio, sin tapujos y sin más codicia -si algo así fuera aplicable- que la competencia por los únicos cinco dólares de tu bolsa. Llevas mucho, demasiado tiempo, sin probar bocado fresco. Por eso la transacción había sido pactada desde el primer cruce de miradas. Este es tu medio, el de la investigaciones adolescentes y, en esta calle ciega,  cada pasadizo es tu entrada, tu escondrijo…  En ese corte de sombra la besaste lo que permitía la brevedad insoportable de un sexo transaccional.  Desarrollaste los movimientos cúbicos sobre la carne dura. Necesitaste volverla de espaldas a tí para abrazarla con tu pelvis mientras incursionabas… Realmente se sintió como un viaje. Ella misma comprendió por un cuarto de hora tu necesidad y respondió calurosa. Ambos tenían clara la intención de  absorber cuanto se pudiera la veleidad. Por eso hundías la mano en esa oscuridad indemostrable  que esa chica ocultaba delante de ti. La hundías hasta el punto algido que expresa el placer de cualquier mujer iniciada. Jugaste con el nudo eléctrico entre las putas de los dedos  hasta tocar tu propio falo a veces entrando a veces saliendo sin ninguna alevosía. Procuraste colmarlo, procuraste infructuosamnte porque un convenio sexual siempre supone una brevedad incalculada: una pared que se tira procurando aplastar un mosquito.

Nada de esto lo habías avizorado unos días antes cuando tu compañera y tu hijo desaparecían por el hueco de la atmósfera que los condujo de regreso. El haber viajado juntos, por primera vez como familia. Tu hijo había conocido un mundo que se extendía mas allá de las montañas, aun mas allá de los mares. Se había divertido con desatino pueril por las calles tranquilas de la ciudad ajena, con las chiquillas intranquilas de una habitación vecina explorando rincones.

Estas calles familiares como recuerdos ajenos. Extraños porque ahora las calles resultan vacias: un amigo por aquí, nueve por allá… Siempre es curioso el extrañamiento emocional como si esta ciudad no te perteneciera y a la vez como si esta ciudad no hubiera salido nunca de ti (porque esta ciudad tuvo tus rincones, los escondrijos, los agujeros en que hurgaste agujeros ajenos, si bien ahora no hay recuerdos sino la elocuencia de tu hijo entendiendo un universo que estaba fuera de la cazuela, bastante más ancho que el pueblito donde ha sido cuidado con esmero) .

Pero debes entender que ningún suceso es permanente, ninguna suerte es un hecho. Sólo debes entenderlo. Comprender algo así te convertiría en algo parecido a un dios local, es decir, un artilugio de un dios mayor si es que algo así existe.  Por eso cuando dices que este es nuestro primer viaje en familia mientras abrazas a tu esposa es apenas la intención de prodigar una expectativa confortable aunque cuentes con que las cosas no se extiendan hacia la eternidad. Piénsalo mejor, la eternidad es algo bastante tácito, es la certeza de que la vida, cuando la has vivido por varias octavas comprime el tiempo en un instante; ese es el tiempo de la eternidad y la eternidad termina junto contigo.

Estas cosas no las piensas por primera vez pues es difícil imaginarse que sigue después que te dice que le vuelve a molestar  el seseo reciente en la vagina. Últimamente le ha ocurrido  en una secuencia matemática a continuación de cada orgasmo final, cada vez más apagado, cada vez menos húmedo. Es su manera de recordarte cosas pasadas. Ella no sabe que hace mucho que no ruedas en piernas ajenas de manera que tal vez se trate de una trampa de esa apagada revancha que alguna mujer puede guardar por interminables años.

Tal vez la despedida de aquella mujer que dejaba recuerdos nuevos y algunos pormenores interesantes cuando parecía disparar hacia el falo una potente marea interior, mojando el vástago mientras entraba, haciendo el vaiven, tu sabes, fácil, resbaladizo, vamos, divertido. Había probado desde el inicio los dedos golpeando adentro, frenéticamente, activando  la humedad y luego, te dije, la marea. Había estado un poco sorprendida porque dejabas la conversación para más tarde, porque la desnudabas flagrante, ¿de una vez?, preguntaba cuando  iban entrando tus manos entre las líneas convergentes de sus nalgas.  Hace mucho que no te veo, habías dicho como diciendo que la conversación ya la habías administrado. (Lo cual es cierto porque habían desayunado esa temprana mañana un pinto con huevo y algo de café con leche, que era el acuerdo tácito, un acuerdo que no había requerido de acuerdo previo. Lo consolidado durante semanas mientras reaparecia en un canal de una red virtual pidiendote que la aceptaras como amiga aunque ya era tu amiga, la de la feria, la de una ya antigua noche en que sobre tí te dijo te amo sólo porque le pediste que lo hiciera.

Debes entender esto como una compensación. Si la vida es un sistema, es decir, si la vida es una estructura con componentes visibles -identificables- y otros ocultos aún a tu imaginación, siempre existe la posibilidad que halles a una chica en una cama después que se ha frustrado tu Gran Proyecto del  Año, eventualmente de tu vida.

Ese es el verdadero misterio de las relaciones humanas: la manera en que generan pliegues que termina enmascarando la relación, solapándose sobre sí misma, de manera que lo que inició tácito ni siquiera sirve como artilugio negociador porque dejó de ser tácito cuando una de las partes lo escondió para sí -en sí- en una cajita olvidada a propósito, una cajita arrastrada al fondo de un océano de palabras con meros timos flotantes. Esos restos de pequeños naufragios han reducido todos los discursos -las charlas dichosas, las conversaciones mal habidas, los exabruptos y perfidias- en argumentos mas o menos astutos, rara vez elegantes, para que una de las partes se salga con la suya en detrimento del otro.

Hay una buena razón por la que conoces esto. Es la calculada manía de tu compañera para recordarte tu completa inutilidad, tu completa nulidad en los asuntos de proveer que es donde un hombre adquiere calidad de hombre, donde un hombre adquiere calidad de padre, donde un hombre adquiere calidad de príncipe de una cenicienta. Eso lo dice la cenicienta con salario de príncipe. Lo dice  a destajo, frente a tu hijo, para ver si acaso reaccionas. Y el discurso por cierto no funciona aunque molesta. Ella lo sabe. Lo ha preparado como el plato frío para una venganza.

Es interesante que obtenga este tipo de oportunidad cuando estás a punto de que algo prospere en tus dias con un gran proyecto. Siempre pensando en grandes proyectos. Este eventualmente se frustará, disculpa la teleología, porque cuando tu compañera de vida decide que eres un fracasado no hay condición cósmica ni psicológica que propicie cambio alguno capaz de sacarte del punto muerto.

Claro que siempre estás tentando los máximos mientras fuerzas los mínimos. Ya sabes, un gran proyecto en la mínima sombra que malprovee un salario pírrico. Un proyecto de tu cocina: un poco de literatura, tecnología y un estrambótico modelo de negocio. Algo has ganado de este mundo extraño. Has aprendido  a usar un lenguaje que le pertenece. Lo usas como propio. Lo dibujas, lo escribes: MODELO DE NEGOCIO. Lo habías construido pieza por pieza, ambición sobre ambición con aquellos elementos que tu vida había acopiado de entre los vagos aprendizajes y los tientos vanos. Es tu manía de observarlo todo y esa agudeza compelida por un mundo que de poco, golpe a golpe has aprendido a sobrellevar, aunque sea en propósitos.

Algún dia entenderás que es tu carácter. Tu error de carácter provoca una evidencia, una sutileza en aquello que te hace fuerte aunque nunca poderoso. Es esa genuflexión involuntaria, mental, cuando la carencia azota y has estado dispuesto a trabajar por  muy poca remuneración, bajo una palabra de mejores tiempos. ¡Tan vana toda promesa!

Había pensado que lo que deseabas -es decir, lo que necesitabas- era unos números estables. Ni siquiera importaban que fueran muchos. Este año ha repetido la prueba de los anteriores: unos cinco por aquí, otros por allá; en medio de ellos mucha incertidumbre. La incertidumbre es tu medio. Antes podías abandonarte a ella porque comprendías que toda incertidumbre es circunstancial y por lo tanto configura necesariamente un evento finito. Sí, la incertidumbre es en última instancia un movimiento circular del pensamiento alrededor de una variable indefinida.

Es todo un oficio la migración. Es una osadía que revuelve las perspectivas, el epítome de una rebeldía a la que finalmente se sobrevive, la subversión de la circunstancia. Puedes decirlo ahora al cabo de los años que siguen estampando con decadencia esta increíble ciudad a la cual sólo vuelves como espectador. Tan fria esta vez que no recuerda ni aún por el calor, los veranos eternos en los que el Sol pareciera privativo de este pais.

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